¿Aplausos y ya?

Para que la celebrada regularización de migrantes funcione se necesitan mucho más que aplausos.

Muy emocionada ha reaccionado la comunidad internacional a la decisión del Gobierno colombiano de otorgarles a los/as migrantes venezolanos el Estatuto de Protección Temporal.

Pero esa reacción debería estar acompañada de un cheque con muchos ceros, para que la celebrada medida pueda cumplir su propósito. Hagamos cuentas: entre 2018 y 2020, la comunidad internacional ofreció US$ 536,5 millones para atender la crisis asociada a la migración venezolana en Colombia, de los cuales US$ 123 millones aún no han sido desembolsados. Mientras tanto, solo en 2019, el Gobierno Nacional prestó servicios de salud por US$ 139 millones y de educación por US$ 107 millones a migrantes venezolanos, lo cual es insuficiente ante las necesidades de 1’700.000 migrantes de Venezuela que viven en Colombia.

No obstante, el impacto que tiene esta destinación de recursos sobre las poblaciones vulnerables de nuestro país no es menor, pues con un elemental sentido lógico preguntan por qué a los/as extranjeros/as sí y a ellas no, para recibir en no pocos casos como respuesta que “dejen la xenofobia”, como si ese llamado al ‘buenismo’ aliviara sus legítimas angustias.

Entonces, además de dinero para aplicar las nuevas garantías para la población venezolana, calculadas por Migración Colombia en $ 21.000 millones, el Gobierno tendrá que hacer inversiones en la población vulnerable colombiana, y así enviar un mensaje de equilibrio que evite que los ánimos de esta última se exacerben. Todo un reto, más aún en medio de la discusión de una nueva reforma tributaria, que sin duda aumentará los impuestos.

Advierto, antes de que los payasos que viven de hacerse tendencia en redes sociales tergiversen mis planteamientos, que no estoy diciendo que el Estatuto de Protección Temporal para los/as venezolanos/as es una decisión incorrecta, ni niego los beneficios que tiene la migración. De hecho, a pesar de que la mayoría de esta población está en condiciones no idóneas, su aporte al PIB de la economía colombiana es el 0,3 %, según Fedesarrollo. El Estatuto llevará a que esa cifra aumente, más todo lo incuantificable en términos de cultura y diversidad. Lo que resalto es que para que este estatuto funcione se necesitan mucho más que aplausos para el Gobierno y que calificativos moralistas para quienes cuestionan la medida.

De otra parte, además de emitir recursos hay que parar de una vez por todas la fuente de la migración en condiciones inhumanas. Bien lo dijo el presidente Duque: “Una cosa es la atención fraterna al migrante, pero si queremos parar esta crisis, tenemos que reflexionar sobre cómo le pondremos fin a la dictadura en Venezuela”. Es que songo sorongo vamos para 22 años de fracasado chavismo y parece que nos resignamos a esa tiranía que despilfarró su riqueza, agobió a su pueblo y refugia terroristas. Los tiranos siguen ahí sin inmutarse, a pesar de todo lo que han hecho la oposición y la diplomacia, con sus errores y aciertos. ¿Alguna nueva idea entre la diplomacia y el intervencionismo para salir del problema?

Y a quienes se beneficiarán del Estatuto de Protección Temporal, bienvenidos/as. Aunque Colombia no es un paraíso, el hecho de gozar aún de las libertades que ustedes perdieron por tomar malas decisiones electorales nos permite todavía, a pesar de nuestros complejos problemas, ser un país viable. Por eso, si yo estuviera en sus zapatos quizá pensaría que un justo acto de retribución a esta medida migratoria podría ser gritar a los cuatro vientos por quién no hay que votar. No hay que perder de vista que si Colombia también se vuelve un país inviable, en los países vecinos en vez de Estatutos de Protección encontrarán, como hasta ahora, tanquetas y normativas que obstaculicen su ingreso.



Claudia Isabel Palacios Giraldo